Los artesanos del casco antiguo de Trípoli viven horas bajas desde que los visitantes se han ido por el caos reinante en el país, pero aún así se niegan a abandonar el patrimonio cultural de la capital libia.

Abdulwahad esculpe un objeto de cobre a golpe de martillo, pero lo hace con desgana. "Ya nadie compra, me limito a fabricar piezas y a almacenarlas", lamenta. En dos horas lo ha terminado y empieza otro. Una rutina que mantiene a rajatabla pese a la situación en el país desde la caída de Muamar Gadafi en 2011.

A unos pasos de la tienda de Abdelwahad, en el dédalo de callejuelas, su colega Mujtar Ramadan intenta mantener en pie su comercio, creado por sus antepasados hace 150 años.

"Ya no hay turistas", constata Ramadan, cuyas ventas se han desplomado un 85% en cuatro años.

Desde la intervención de la OTAN en 2011, la situación ha ido de mal en peor. Hasta el verano pasado, cuando las autoridades huyeron hacia el este del país, permitiendo a la coalición de milicias Fajr Libya instalar un gobierno paralelo en la capital.

El auge de los yihadistas, sobre todo del grupo Estado Islámico que reivindicó recientemente un atentado sangriento contra un prestigioso hotel en el corazón de Trípoli, acabó de aislar al país.

Ahora "es difícil procurarse materias primas" y la mano de obra extranjera se ha ido, lamenta Ramadan.

El casco antiguo de Trípoli fue fundado en el siglo VI antes de Cristo por los fenicios y durante mucho tiempo fue un gran eje histórico y comercial, con hasta 22 mercados.

Prueba de este esplendor es el arco de Marco Aurelio, construido frente al Mediterráneo en la época del célebre emperador romano. Cerca de él se encuentra la mezquita Al Naqah, una de las más antiguas del norte de África, la iglesia del Cristo Rey edificada en el siglo XIX y el antiguo consulado francés, que data de 1630.

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"El casco antiguo es el corazón de Trípoli. Vivió momentos difíciles, sufrió combates y declive pero conserva una plaza única", explica Hosam Bash Imam, consejero de patrimonio del municipio.

Las obras de restauración y renovación se detuvieron, sin embargo, desde la revolución de 2011, añade Imam.

Algunos edificios, como la antigua sinagoga dejada al abandono desde la marcha de los judíos en 1967, se deterioran. Los extremistas causaron destrozos en una mezquita y el cementerio adyacente, lamenta Imam.

Pero el consejero tiene esperanzas de que cambie, a la vista del apego de los tripolitanos por el casco viejo.

Jamal Mustafá Mahmud, que trabaja la seda, está de acuerdo con él. "Estamos conectados espiritualmente con nuestro comercio. Mi padre y mi abuelo vivían de ello, y lo mismo sucederá con mis hijos, aunque no obtengamos ingresos", asegura.

"El casco antiguo es como el oxígeno que respiramos. Ha hecho frente a la adversidad y sabrá salir de ella una vez más gracias al amor" de sus habitantes, predice el artesano.

a.m