Todo ello por unos nervios difíciles de controlar. Incluso dan pie a situaciones más raras –como los embarazos psicológicos– y más serias, como el daño cardiovascular. Referente a esto último, algunos estudios han relacionado 5 factores emocionales (depresión, ansiedad, ciertos rasgos de carácter, aislamiento social y estrés continuado) con un mayor riesgo de infarto. Sí, la enfermedad o la alteración a veces viene de dentro. Y la Ciencia médica lo ha corroborado en multitud de ocasiones.

Por eso, es lógico preguntarse si hoy en día –con más pacientes oncológicos que nunca y más ansiedad que nunca– también puede considerarse que un fuerte impacto emocional es capaz de favorecer el cáncer.

Muchos psicooncólogos (psicólogos especializados en el apoyo y orientación a pacientes oncológicos) sí consideran que existe una relación causa/efecto y que los conflictos mentales o emocionales pueden ocasionar esa enfermedad. Y no faltan libros autobiográficos que narran la experiencia de pasar por un cáncer y que explican cómo éste se desencadenó a raíz de un gran disgusto.

Un tema muy cuestionado

En algunas consultas médicas también se habla en esos términos. Es frecuente que un especialista le pregunte a su paciente recién diagnosticado de cáncer si hace 7 u 8 años pasó por una situación traumática o recibió una noticia impactante con serias consecuencias en su vida. Es decir, se habla de psicogénesis o de desequilibrio psíquico como origen del cáncer.

La cuestión es si los médicos lo preguntan porque realmente consideran que un disgusto es el detonante o porque eso ayuda a que sus pacientes encuentren una justificación a lo que les está ocurriendo, y disminuir así la lógica ansiedad del inicio.

Por lo general, la Medicina no ve tan clara la ecuación disgusto = cáncer. Se sabe que las células no son estructuras-estanco y que están en continua transformación y división. La pregunta es: ¿qué las modifica realmente, con qué intensidad y en qué tiempo?

Hay muchas hipótesis pero no son fáciles de demostrar en ensayos clínicos con individuos sanos, entre otras cosas por el tiempo que debe transcurrir. Seguramente sería necesario que esa agresión –nos referimos a la que supone el estrés generado por una noticia pésima– se mantuviera durante muchos años y con una altísima intensidad para que una célula modifique su estructura y se convierta en maligna.
El futuro descubrirá muchas cosas

Pese a lo dicho, algunos estudios sí han demostrado en ratones algo que va en ese sentido: un fuerte estrés favorece que las células supervisoras (se conocen como Natural Killer o NK y su trabajo es corregir o enmendar los fallos de otras células) “se suiciden”. Es lo que en términos médicos se conoce como apoptosis. Esos mismos estudios dicen que un periodo estresante altera los sistemas inmune y endocrino. Ambas cosas conformarían la situación idónea para que las células malas “hicieran de las suyas” y aparecieran enfermedades serias, también las tumorales.

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Y no podemos olvidar otra realidad: las personas que han tenido que hacer frente a un gran impacto emocional cambian, como es normal, sus prioridades, al menos hasta que recuperan su equilibrio emocional. Eso puede llevarles a descuidar los hábitos de vida saludables (el ejercicio físico, la alimentación variada, el descanso…), además de que pueden aumentar el consumo de ciertos tóxicos (tabaco, alcohol, comidas grasas­…), factores que contribuyen a la alteración celular.

Otro dato importante: cuando ya se ha detectado el tumor, el estrés sí contribuye a que la masa tumoral crezca y lo haga más rápidamente. Al menos así ha sido demostrado en diferentes estudios en ratones. Como vemos, la relación existe y la Medicina no debe ignorarla.

No debemos olvidar tampoco la epigenética. Esta Ciencia, que trata de entender cómo los factores externos alteran nuestros genes ya desde que somos embriones, ayudará en un futuro próximo a descubrir muchos detalles sobre el cáncer. ¿Podría ser, por ejemplo, que nos afectara incluso el estrés materno/paterno de tal manera que quedara una marca en nuestros genes y estuviéramos –una vez nacidos– más predispuestos a enfermar, también de cáncer?

Mientras esas y otras preguntas encuentran respuesta y se van descubriendo los cientos de secretos que guarda esta enfermedad (o esta combinación de enfermedades que es el cáncer), lo que podemos hacer es poner un interés extremo en huir del estrés. Y eso, a pesar de que muchos disgustos no son evitables.

Se sabe que las técnicas de relajación y de meditación basadas en el mindfulness (ser consciente del momento presente) benefician de forma importante a los pacientes oncológicos y les ayuda a superar su enfermedad. Y también que la risa mejora el funcionamiento de las Natural Killer, las células que van reparando a las que se alteran.

Echemos mano, pues, de la risa a diario y aprendamos a relativizar de verdad los problemas. Seguramente eso contribuya a estar más sanos hoy y a evitar más enfermedades en el futuro. Y ojalá que una de ellas sea el cáncer.

A: P