La última encuesta Ipsos que da una clara ventaja a Keiko Fujimori en la carrera presidencial peruana del próximo año, no sólo revitaliza al fujimorismo; además, deja en evidencia el desgaste y nula capacidad de reinvención de la política en América Latina.

Si la papeleta de candidatos se mantiene como proyectan los sondeos, esa elección la ganaría la mala memoria. Salvo el ex ministro Pedro Pablo Kuczynski, todos los eventuales postulantes se repiten el plato: el dos veces ex Presidente Alan García, cuya primera incursión en 1985 fue para el olvido; el también ex mandatario Alejandro Toledo, quien tuvo un cierre de gobierno con un respaldo marginal; y la ya mencionada Keiko Fujimori quien, si bien es cierto no ha sido presidenta, fue primera dama de su padre en un gobierno maculado por crímenes que tienen a Alberto Fujimori pagando condena en la cárcel y acusaciones de corrupción que salpicaron a la propia candidata.

¿Por qué estarían dispuestos los peruanos a elegir más de lo mismo? Porque no hay más alternativas. Y la escena se repite en los países vecinos.

En Chile, Michelle Bachelet vive un segundo mandato porque su coalición política estaba en las cuerdas, como dicen en el boxeo. La ex representante de ONU Mujeres aceptó en 2013 salvar a la moribuna Concertación inyectándole su capital político. Aunque Bachelet es agnóstica, lo suyo fue literalmente un acto de fe... un salto en el vacío. Un sacrificio que hoy, en medio de escándalos de financiamientos de campañas y eventual corrupción, que tocan a la izquierda y la derecha, la tienen en su peor momento político. Los chilenos no le creen ni a ella, ni a la oposición ni al sistema.

La situación de la derecha es peor. Sin una figura que les asegure protagonismo en la próxima presidencial vuelve a sonar el nombre de un conocido: el ex jefe de gobierno, Sebastián Piñera.

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Brasil y Argentina, la misma historia. Dilma Rousseff y Cristina Fernández representaban un aire nuevo y terminaron siendo ejecutoras de un esquema añoso, heredado del padrino político de una y el esposo de otra.

El desgaste en este lado del mundo ha llegado a niveles sin precedentes. Los partidos y sus principales figuras vivieron demasiado tiempo en el espacio de confort que les dejó la abultada cuenta corriente ideológica de la guerra fría. Lo mismo izquierdas que derechas. Se renovaron en esas décadas para enfrentar el momento histórico que vivían y no lo hicieron más. De ahí en adelante hubo puro maquillaje.

Nuestros políticos confundieron experiencia con vejez y olvidaron que aunque la segunda se disimula con pintura, sin la primera es imposible sobrevivir.

A: P