Bukowski siempre es el mismo pero siempre es distinto. Lo demuestran los versos de «Arder en el agua», poemas que van desde su clásico realismo sucio hasta una novedosa poesía social

A veces entre un autor y su traductor se establece una curiosa corriente que hace que aunemos al uno con el otro y que acaben siendo para los lectores como una sola y acorde voz. Como en el caso de Charles Bukowski y Eduardo Iriarte.

Bukowski es un maestro de la «sofisticación inversa»; esto es, de aquella que no lo quiere parecer. En La noche desquiciada de pasos (Visor, 2014) encontramos algunas claves de lo que podría ser su poética: «La vida no es todo lo que / creemos que / es, no es sino lo que / imaginamos que / es y para nosotros / lo que imaginamos / llega a ser casi todo». Esta idea suya de la ficción le permite desarrollar una serie de yoes virtuales con los que su persona poemática se identifica y que son aceptados por el pacto con su escritura que hace el lector.

En el caso de Bukowski, se produce desde su doctrina del realismo sucio, del que él es el máximo exponente y, aunque el lector no comparta sus postulados, es imposible negar la emoción estética. Es uno de los mayores méritos de una escritura como esta, que sabe extraer el máximo provecho de las situaciones que crea y de un fraseo muy próximo al gag. Bukowski tematiza, mejor que nadie en la poesía del XX, «el mordisco de la realidad».

El dolor absurdo

Arder en el agua, ahogarse en el fuego recoge poemas escritos entre 1955 y 1968, por un lado, y entre 1972 y 1973, por otro. Su autor prefería estos últimos. En los primeros se insiste en «el dolor absurdo», y en los segundos, el eco de Catulo resulta muy visible. El dedicado a Marilyn Monroe no alcanza la altura del de Ernesto Cardenal. Pero «La vida de Borodin» es excelente. Y en otros –como «El artista dominguero»– hace gala de un surrealismo visionario.

Bukowski nunca cesa de darse una vuelta de tuerca

Pero el mejor Bukowski sigue siendo el del poema-crónica-relato-diario-guía que lleva al lector por una geografía que incluye antros, moteles, camas, alcohol, mujeres y un mundo marginal que él ha sabido convertir en y elevar a literatura. Lo que no es fácil. Y lo ha hecho combinado los extremos de la cultura: lo bajo y lo alto.

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En esta selección, hecha por el propio autor, hay de todo eso e, incluso, interesante y nueva poesía social («Los obreros») y textos («La botella de cerveza») que evocan la pintura metafísica de Morandi. Bukowski nunca cesa de darse una vuelta de tuerca y, cuando nos creíamos que nos lo sabíamos del todo, nos sorprende de nuevo.

Arder en el agua, ahogarse en el fuego

CHARLES BUKOWSKI

Traducción de Eduardo Iriarte. Visor, 2015

 


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