Villa Nueva. En un predio de media hectárea comprado comunitariamente, integrantes de la ONG Osar ponen en práctica la bioconstrucción, utilizando en su mayor parte lo que el entorno natural brinda. Paredes de barro, paja y troncos, y techos con una capa de tierra como base de vegetación silvestre.

La premisa –argumentan– es vivir cerca de la naturaleza, sin intervenir con tantos elementos extraños. Un estilo de vida que rompe con lo urbano y convencional y que requiere dejar de lado comodidades a las que la mayoría aspira.

La novedad representa además una curiosidad, en una región donde el paisaje urbano se pinta casi uniforme con hormigón, hierro y ladrillos.

En la pampa llana no hay tantos recursos como en la montaña para estos experimentos. Sin piedra a mano, deben acudir a ladrillos y cemento para cimientos que aseguren aislamiento. Luego sí, crecen con paredes de barro. Ya van por la tercera construcción de esta clase.

La estructura se soporta en postes de quebracho o eucaliptus y el techo es de machimbre. Impermeabilizan con plásticos de silo-bolsas pero reciclados y recubren con capas de piedra, paja y arena, hasta llegar al césped, que cubre el techo, al que también agregan flores.

“Cuando lo ves, no querés otra cosa”, dice Wendy Gray, que hace unas semanas terminó el techo vivo de su casa. Las paredes serán de “quincha”, un esqueleto de madera recubierto con mezcla de barro, guano, arena y paja.

A pocos metros está casi terminado el taller de arte de Romina Gargano, levantado con paredes de paja encofrada: rollos de alfalfa y barro.

Bernardo Sargentoni es el carpintero que arma los techos y guía las construcciones. Toman conceptos de Jorge Belanko, un referente en la materia, y experimentan ideas propias.“Son casas térmicas, beneficiosas para la salud de personas que sufren reuma o enfermedades respiratorias, regulan la humedad, son antiestáticas (evitan partículas en suspensión), limitan las radiaciones de antenas y aislantes sonoras”, explica convencido Sargentoni. “No son signo de pobreza, sino de estilo de vida. El valor de construir la casa propia es importante, y más cuando se hace entre varios. Eso es lo lindo”, rescata Rubén Gecchele, que planea habitar su casa con Wendy en uno o dos años. Bernardo agrega que se evita el costo energético de producir los materiales convencionales y acota que estas casas permiten demolerse sin dejar rastros en la naturaleza. Asegura que con cuatro personas trabajando ocho horas por día, en tres meses pueden terminar una unidad de 50 metros cuadrados, con un costo un 70 por ciento inferior al de una construcción convencional.

Dificultades y soluciones

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En esta zona, los principales enemigos son la humedad y la lluvia, que castiga y deteriora las paredes. Para mitigarlo, se construyen aleros y se revoca con una mezcla impermeabilizante de barro refinado, engrudo, leche en polvo y aceite de lino.

Las casas usan calefón solar, aunque le dejan lugar a algunas conexiones eléctricas.

Para desagotar aguas grises construyen una sangría: pozo relleno de piedras y escombros al que drenarán la ducha y las piletas de cocina y lavadero.

Las aguas negras, provenientes del inodoro, irán a un biodigestor compartido entre dos casas. Al final del proceso se utilizarán para riego de patios.

La climatización es otra novedad: un caño rodea la casa a tres metros de profundidad, toma el aire del exterior y lo lleva a la temperatura de bajo tierra, para reingresar a la casa a 18 grados durante todo el año.

No se emplea hierro y muy poco cemento.

Bien construidas, paredes y techo pueden durar unos 100 años, aseguran. Igual que las casas de cemento, deben contar con capa aislante y mantenimiento.

A: P