La reciente erupción del volcán Calbuco, en el sur de Chile, ha causado un enorme interés y fascinación en todo el mundo gracias a las espectaculares imágenes que, difundidas a través de redes sociales y medios de comunicación, nos han mostrado el temible y amenazador aspecto de una de las más devastadoras y poderosas fuerzas de la naturaleza.

Estas instantáneas, en las que a menudo se mezclan la hermosa aunque intimidatoria presencia de la columna eruptiva con los rayos que se desatan en su interior, producen en los espectadores una mezcla de fascinación y temor. Dos sensaciones que, siglos atrás, también fueron sentidas por los espectadores de las obras de arte que plasmaron otras erupciones en distintos puntos del planeta.

No en vano, durante ciertas épocas –especialmente en el siglo XVIII– el sobrecogedor espectáculo de las erupciones volcánicas atrajo la atención de numerosos pintores, que ejercieron como cronistas destacados de su tiempo al inmortalizar un suceso que sólo podía ser recordado y difundido mediante la literatura, el dibujo y la pintura.

El caso del Vesubio resulta paradigmático, pues a lo largo del siglo XVIII este volcán italiano experimentó varias erupciones de distinta intensidad y contó con un gran número de pintores que las retrataron en sus pinturas. Esta presencia “extraordinaria” de artistas en las proximidades del volcán no se debía al azar, sino que tenía varias causas que confluyeron en aquellos años.

Por un lado, a mediados de siglo se había producido el descubrimiento de los restos de las ciudades romanas de Pompeya y Herculano, sepultadas bajo la lava que el Vesubio había derramado sobre ellas en agosto del año 79 d.C. El hallazgo atrajo la atención de numerosos estudiosos de la Antigüedad, y además volvió a convertir al volcán en un lugar de interés, tanto científico como artístico, lo que hizo llegar a la región a un buen número de pintores.

En segundo lugar, la cercana Nápoles formaba parte del llamado Grand Tour, un viaje de tintes culturales, precursor del turismo actual, que atraía a multitud de viajeros europeos de distintas nacionalidades, especialmente ingleses, franceses y alemanes. Era costumbre que los participantes en el Grand Tour adquiriesen en sus distintas etapas obras de arte y antigüedades, así que en la localidad italiana fue habitual que los visitantes se llevara como recuerdo pinturas o reproducciones con el volcán como protagonista.

Por último, entre estos primitivos “turistas” del Grand Tour se contaban a menudo algunos artistas, y la mayor parte de ellos no dudaron en retratar el volcán, en especial cuando éste comenzó a mostrar una actividad bastante intensa en la segunda mitad del siglo XVIII.

Uno de los primeros artistas en convertir al Vesubio en tema predilecto de sus obras fue el francés Jean-Jacques Volaire. Este pintor, al igual que otros muchos artistas de aquella época, se había trasladado a Roma en 1762 con la finalidad de estudiar a los grandes maestros italianos y hacer fortuna en la Ciudad Eterna.

También te puede interesar este artículo: Muere Luis Miguel Rocha, el best-seller luso que indagó secretos del Vaticano

Volaire consiguió ingresar como miembro de la Academia de San Lucas, pero en aquellos años en Roma había tanta competencia que finalmente optó por trasladarse en Nápoles en 1767. En aquel entonces el volcán estaba ya en plena actividad, y Volaire se especializó en lienzos que mostraban al Vesubio en erupción.

Sus pinturas gozaron de gran éxito entre los viajeros del Grand Tour, así que no tardó en surgirle competencia. Uno de los artistas que siguieron su ejemplo fue el alemán Michael Wutky, un pintor de la Academia de Bellas Artes de Viena que se estableció en Nápoles en 1772, desarrollando al “calor” del volcán la parte más importante de su carrera.

Wutky fue bastante arriesgado en sus representaciones del Vesubio, pues no dudó en aproximarse a poca distancia de la lava y al cráter del volcán para tomar notas y realizar bocetos que más tarde plasmaría en el lienzo en la seguridad de su estudio. La audacia del alemán llamó la atención del estudioso inglés William Hamilton, un diplomático y científico que pasó varios años en Nápoles con la intención de estudiar la actividad del volcán.

Juntos, Wutky y Hamilton ascendieron en multitud de ocasiones a lo alto del Vesubio, y fruto de aquella colaboración vieron la luz una serie de pinturas que durante años se consideraron las representaciones científicas más exactas del vulcanismo.

Tampoco faltó en aquellos años la presencia de artistas españoles, como Antonio Carnicero, un salmantino que trabajó como pintor de cámara del rey y que inmortalizó una de las erupciones del volcán en una serie de pinturas realizadas a raíz de un viaje a Italia a finales del siglo XVIII.

A la lista de artistas que se dejaron cautivar por la atemorizante actividad del Vesubio hay que sumar otros muchos nombres, como el de Karl Kaufmann, Jacob Philipp Hackert, Pietro Fabris o Johan Christian Dahl. Todos ellos fueron testigos privilegiados de aquella fuerza descontrolada de la naturaleza, y la plasmaron con habilidad y belleza en sus obras, hoy de gran valor no sólo artístico, sino también científico.

A: P