En 1962, el papa Juan XXIII canonizaba al hermano dominico Martín de Porres, a quien Gregorio XVI había beatificado 125 años antes, casi dos siglos después de su muerte (1639) en la Lima virreinal y cuando la fama de sus milagros hacía mucho que había traspuesto las fronteras de su país de origen.

San Martín de Porres, como ahora se le conoce, fue el hijo ilegítimo de un noble español, Don Juan de Porres (o de Porras) con Ana Velázquez, una liberta oriunda de Panamá de ascendencia africana y de quien se sospecha que tenía también sangre indígena. En el niño Martín, que nace en Lima unas pocas décadas después de la llegada de los conquistadores (1579), confluyen ya las razas que han de configurar el rostro de un continente de vastos y profundos mestizajes, por lo cual puede afirmarse que él es, en términos raciales, el prototipo del hombre nuevo de estas tierras que los europeos someten y refundan.

El padre blanco, por tener que trasladarse a Guayaquil, abandona a esta familia espuria —a la que, sin embargo, no le niega su apellido—, poco después de nacerle una niña, a la que llaman Juana. A partir de ese momento Ana Velázquez y sus hijos, pese a recibir alguna ayuda del ausente, subsisten en la pobreza, lo cual no impide que el niño adquiera cierta instrucción y se haga aprendiz de cirujano, oficio que entonces desempeñaban, en gran medida, los barberos.

Su verdadera vocación, no obstante, iba a estar en la vida religiosa, centrada en la piedad y en la caridad: en la oración que fortifica el espíritu y en el ejercicio del amor al prójimo. Desde muchacho intuye o siente que tiene un destino detrás de los muros de algunos de esos conventos y monasterios que prosperan en el Perú colonial; pero los prejuicios raciales no se detienen a la puerta de la Iglesia, que veda las órdenes religiosas a negros, indios y mestizos. Sólo una casa de frailes dominicos —el Priorato del Santo Rosario— se muestra más flexible y allí ingresa Martín a los 15 años, prácticamente como un criado a quien, a cambio de sus servicios, le consienten llevar un hábito.

Por nueve años se mantuvo como mero servidor de la orden hasta que el prior, Fray Juan de Lorenzana, ganado por su devoción, dedicación y humildad, hace que Martín sea recibido como terciario (1603) y, tres años después, profesa como hermano y hace los votos convencionales de pobreza, obediencia y castidad. Tal vez, imponiéndose a los prejuicios, hubiera podido llegar al sacerdocio, pero al parecer no procuró serlo impedido por su propia modestia. Eso no significó, sin embargo, una limitación para su ministerio de oración —en el que alcanzó muchas veces el éxtasis—, ni de sanación de enfermos ni de socorro de los pobres.

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Así fue creciendo la fama de su piedad y de sus dones que no se reservan dentro de los muros del convento, sino que se ponen al servicio de todos y que todos procuran, sin excluir a los poderosos. Se cuenta que el conde de Chinchón, virrey del Perú, no era remiso en visitarlo y en pedirle consejo y que, incluso, a veces esperaba a la puerta de su celda para no interrumpir las oraciones del fraile a quien sus hermanos vieron levitar más de una vez en medio de sus plegarias.

Aunque nunca salió del Perú, alguna vez manifestó el deseo de servir de misionero en tierras de paganos: África, China, Japón… y en algunos de estos sitios dijeron verlo dándole aliento a misioneros o curando enfermos, por lo cual, ya antes de su muerte, se le atribuía el don de la bilocación, del mismo modo que era capaz —según se decía— de entrar y salir de los sitios estando las puertas cerradas. La lista de sus milagros era ya larga antes de llegar al final de su vida, a los 59 años (el 3 de noviembre de 1639), en el mismo convento donde había profesado servir a Cristo más de cuatro décadas antes.

Pese a que su beatificación habría de demorarse aún dos siglos, y su canonización más de tres, los que conocieron y trataron al hermano Martín de Porres nunca dudaron de su santidad ni de sus extraordinarias facultades para hacer el bien. Por eso, en el momento de elevarlo a los altares, Juan XXIII pudo decir, al hacer el recuento de sus virtudes, que “la gente le llamaba ‘Martín el bueno’”. Desde entonces, su devoción se ha extendido por el mundo y su vida ha sido objeto de libros y películas.

A: P