“Quien mucho traga al final se ahoga”. Puede que hayas oído esta expresión alguna vez, un antiguo dicho que, como la mayoría de estas viejas frases que nos recuerdan a veces nuestros familiares más ancianos, encierran verdades universales de las que deberíamos aprender.

¿Cuántas cosas te callas en tu día a día? ¿Cuántos sentimientos y pensamientos te guardas para ti misma intentando con ello no hacer daño u ofender a quien tienes enfrente? Debes ir con cuidado porque, al final, a quien de verdad estás haciendo daño es a ti misma.

Te explicamos por qué.

1. Quién calla otorga, pero… Todo tiene un límite

El silencio es sabio, de eso no nos cabe duda, y siempre es muy adecuado que ante unas palabras necias, ante un comentario fuera de lugar o ante una expresión poco adecuada, optemos siempre por cerrar la boca y actuar así con más inteligencia que quien habla sin pensar.

Ahora bien, hay que saber mantener un equilibrio entre guardar silencio y defender nuestras necesidades:

•    Silenciar nuestros sentimientos o nuestros pensamientos provoca que quien tengamos enfrente no sepa nunca que nos está haciendo daño, o que se está excediendo en sus límites. Nadie es adivino, así que, si no ponemos en voz alta aquello que nos parece mal o que nos ofende, las otras personas no lo sabrán.

•    Hay silencios sabios y palabras sabias. Saber cuándo callar y cuando hablar es, posiblemente, la habilidad más adecuada que podamos aprender a desarrollar. No se trata en absoluto de estar siempre callada o de decir todo aquello que tengamos en la mente, sin dejarnos nada en el tintero. Los extremos nunca son buenos. Mantén el equilibrio, pero recuerda siempre que esconder los sentimientos es también hacernos daño a nosotras mismas. Con ello permites que otros vulneren tu espacio personal, que crucen los límites y que hablen por ti cuando tú callas, que elijan por ti cuando tú guardas silencio… Al final, serás poco más que una marioneta guiada por hilos ajenos.

2. Las palabras calladas se convierten en enfermedades psicosomáticas

No te sorprenderá saber que la mente y el cuerpo están íntimamente relacionados y conectados. Tanto es así, que los especialistas nos advierten que casi el 40% de la población sufre o ha sufrido en su vida alguna enfermedad psicosomática.

El nerviosismo, por ejemplo, altera nuestras digestiones, nos produce diarreas o el clásico dolor de cabeza. Muchos herpes labiales vienen originados por procesos de estrés elevado, de nervios y fiebre. Así, no pasar por alto que callar cada día lo que sentimos y lo que pensamos genera en nuestro organismo una alta ansiedad.

Piensa en todas esas palabras que no quieres decirles a tus padres o a tus amigos para no hacerles daño. Ellos hacen cosas por ti pensando que te ayudan, cuando en realidad no es así y te hacen sentir mal. ¿Por qué no te atreves a decir la verdad? Pensemos también en nuestras parejas, a quienes no queremos ofender, aunque hay momentos en que actúan de un modo que a ti te hace daño. Y, sin embargo, optas por el silencio.

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Todo ello se va a traducir tarde o temprano en enfermedades psicosomáticas, en migrañas, en tensión elevada, en cansancio crónico…

3. Poner en voz alta tus palabras: la clave del desahogo emocional

No debes tener miedo a escuchar tu voz, y aún menos a que los demás lo hagan también. Es algo tan necesario como respirar, como comer, dormir… La comunicación emocionales necesaria en nuestro día a día para establecer relaciones más saludables con los demás y, por supuesto, con nosotros mismos.

Te damos unas claves básicas de cómo conseguirlo

•    Piensa que todo tiene un límite. Si no ponemos en voz alta todo aquello que pensamos y sentimos, no estaremos actuando con dignidad, perderemos nuestra autoestima y el control de nuestra vida. En primer lugar, toma conciencia de que decir lo que piensas y necesitas es un derecho.

•    Decir lo que uno piensa no es hacer daño a nadie. Es defenderte a ti misma y, a su vez, informar a los demás de una realidad que deben conocer.

•    No te obsesiones en preguntarte cómo van a reaccionar los demás, no tengas miedo. Ahora bien si te preocupa mucho lo que puede suceder, puedes prepararte ante las posibles reacciones. Un ejemplo: estás cansada de que tus padres vengan a casa todos los fines de semana y  de no tener intimidad con tu pareja. Te has decidido a decirles que dejen de venir, al menos, con tanta frecuencia. ¿De qué modo crees que van a reaccionar? Si crees que se van a enfadar, prepárate para razonarles que no hay necesidad de enfados. Si piensas que se van a sentir heridos, prepárate también el modo en que les vas a argumentar que tampoco deben sentirse así.

•    Piensa que las palabras, decir en voz alta aquello que sentimos y pensamos es, en realidad, el mejor modo de liberación emocional que existe. 

Practícalo con sabiduría, cuídate a ti misma.

 


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