El parto es lo más doloroso que sufre una mujer a lo largo de su vida, pero a la vez, es lo más bonito. El bebé, al nacer, mantiene una comunicación hormonal con su madre gracias al olfato.

El olfato ya estaba presente en el feto durante el embarazo, por lo que, al salir del vientre es lo que más le une a su madre.

Poco a poco va captando los olores del exterior, a los que son profundamente sensibles. Por ejemplo, el olor artificial de un perfume o un ambientador les desagradan, incluso hasta el punto de hacerles llorar.

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Todo lo contrario les ocurre con los aromas naturales y suaves: flores, comida, leche…, ya que guardan similitud con el sabor del líquido amniótico.

Aunque ningún olor es comparable con el de su madre. Para identificarla, el recién nacido se guía por este sentido, un olor que le transmite confianza y serenidad. Por ello, al nacer, los médicos colocan al bebé en el pecho de la madre, para que se impregne de su olor y recupere la confianza después del parto.