Entonces, decidió "domar” su ego y, como primera medida, optó por pedir a sus nuevos amigos que ya no le dijeran Boris, sino Indiano, para no olvidar nunca de dónde viene y no dejarse seducir por el poder que otorga el conocimiento.

Una expresión popular indica que "es mejor pedir perdón que pedir permiso”. Aunque tal consejo es cuestionable, esta vez lo seguiré, y por eso, de antemano, pido perdón a mi gran amigo Boris Paredez (sí, con zeta al final), ya que compartiré con los lectores una anécdota de su vida privada.

Conocí a Boris en noviembre de 1999, en el curso vestibular de la facultad de Humanidades de la UMSA. Ambos queríamos ingresar a la carrera de Literatura; él lo logró, yo abandoné el vestibular por motivos laborales. Ya en 2001, también ingresé a Literatura y volví a encontrarme con Boris, pero me extrañó que nadie lo conociera por ese nombre, sino por un llamativo apodo: Indiano. Con el tiempo, forjamos una amistad honesta, de modo que un día me atreví a preguntarle por qué él mismo prefería que la gente le dijera Indiano y no Boris. Su respuesta no sólo me conmovió, sino que consolidó el respeto y admiración que ya sentía por él.

Resulta que años antes de venir a estudiar a La Paz, Boris había viajado por varias regiones del país, trabajando temporalmente en algunos lugares para financiar su aventura. Así, llegó hasta las pampas benianas, donde se empleó como peón en una hacienda ganadera. Los orientales consideraban que los peones del altiplano eran ignorantes, poco civilizados, pues tenían idioma, costumbres y, sobre todo, rasgos físicos diferentes. Por eso, llamaban "indios”, despectiva y burlonamente, a todos los peones altiplánicos, sin distinguirlos por sus nombres individuales.

Cierto día, tras hacer el conteo de cabezas de ganado, descubrieron que faltaba un novillo, por lo cual el capataz decidió salir a buscarlo y, quién sabe por qué, eligió a Boris para que lo acompañase: "Oí vos, indio, alistate para que salgamos a buscar el novillo”, le ordenó apuntándole con el dedo, para aclarar a cuál indio se refería. Cabalgaron algunas horas hasta que, por fin, dieron con el animalito, y como el sol ya estaba por ocultarse, el capataz prefirió pernoctar en la pampa.

Sentados alrededor de una fogata, mientras comían una cena improvisada, el capataz, muy contento, quiso manifestar su gratitud por la ayuda de Boris, enseñándole algo de cultura general. "Vos me caés bien, indio, por eso te voy a contar una historia, ¿bueno?, es de un libro que leí en el la escuela”, le dijo, y Boris asintió con la cabeza. El capataz hizo un apretado e impreciso resumen de Don Quijote y, al terminar, preguntó sonriendo socarronamente: "¿Me entendiste, indio?”. A lo que Boris contestó en perfecto castellano: "Sí, le entendí, pero esa historia es un poco diferente”.
Sorprendido, el capataz le preguntó si había leído ese libro; Boris respondió que sí, que su padre era profesor rural y le había hecho leer ese y otros libros más. Antes de que el capataz pusiera en duda los conocimientos de Boris, este comenzó a hablar del Quijote y de otras historias literarias que cautivaron la atención de su jefe.

A la mañana siguiente, cuando retornaron a la hacienda con el novillo extraviado, la peonada los recibió con algarabía. "¡Bien hecho, indio!”, felicitaron a Boris, provocando la reacción del capataz, quien seriamente les advirtió: "¡No le digan indio! Parece indio, pero no es... ¡es indiano!”. Así, Boris adquirió un nuevo apodo y, además, se ganó el respeto de sus compañeros benianos.

Años después, siendo ya universitario en La Paz, Boris caminaba por la calle y escuchó que alguien gritaba: "¡Indiano, Indiano!”. Se dio la vuelta y vio que un joven se acercaba a él a paso veloz. "¡Indiano, qué gusto verte!”, le dijo a tiempo de abrazarlo. Boris, desconcertado, no manifestó la misma efusividad, pues no reconocía al muchacho de acento oriental, que seguramente había sido su compañero en la hacienda. Serio, distante, Boris le contó que estaba estudiando Literatura, entre otras generalidades, antes de buscar cualquier pretexto para despedirse del cambita, quien, un tanto decepcionado, le dijo: "Indiano, vos eras buena gente, pero has cambiado. Quizá como sos universitario ya no querés hablar con peones, ¿no?”.

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Aunque la actitud fría de Boris no se había debido a lo que suponía su excompañero, esas palabras finales le hicieron reflexionar, e internamente reconoció que, efectivamente, estudiar Literatura le había hecho sentirse una persona especial, intelectualmente superior al resto. Entonces, decidió "domar” su ego y, como primera medida, optó por pedir a sus nuevos amigos que ya no le dijeran Boris, sino Indiano, para no olvidar nunca de dónde viene y no dejarse seducir por el poder que otorga el conocimiento.

Indiano fue un alumno destacado en Literatura, dirigente universitario, miembro del concejo editorial de una revista literaria, y luego, catedrático, dramaturgo, escritor... en fin, un profesional meritorio que, sin embargo, hasta la fecha no ha perdido la humildad.

Lo contrario ocurre con Evo Morales -salvando las distancias, por supuesto-, cuya personalidad ha ido cambiando desde que llegó a la Presidencia de Bolivia. Poco o nada queda del humilde, pero aguerrido, líder sindicalista, mucho menos del niño que cuidaba llamas en la altiplanicie orureña. La última muestra de su soberbia ha provocado indignación en todo el mundo: en un video se lo ve ordenando a su guardia de seguridad -con un gesto- que le amarre los cordones del zapato.

Políticos opositores reaccionaron de inmediato; dicen que el Presidente se ha vuelto racista y discriminador, y cosas similares se mencionan en las redes sociales. Sin embargo, no me parece que don Evo, en este caso particular, haya tenido una actitud discriminadora; simplemente, embriagado por el poder, ha actuado con soberbia. Lo que sí podría considerarse discriminatorio es el comentario de un internauta: "Si no sabe amarrarse los zapatos, no debería usarlos. Mejor que vuelva a ponerse sus abarcas campestres”.

Pese a que ese comentario me parece tan indignante, como la actitud del Mandatario, me pregunto dónde estarán las abarcas que alguna vez calzó don Evo. Sería lindo que alguien se las envíe, y sería mejor que don Evo las ubique en un lugar visible, para que recuerde las ocasiones en que, sólo por su humilde origen, fue humillado por gente soberbia, porque, como reza otro dicho popular, "los hombres que no recuerdan de dónde vienen corren el riesgo de no saber hacia dónde van”.

A: P