Zlatan Ibrahimovic, por la figurita de Maradona

Cuando la cuchara de madera con la que a veces les pegaba a sus dos hijos y sus dos hijas se rompía, Jurka Gravic les gritaba para que fueran a comprar una más. "Era culpa nuestra, digamos, si nos había tenido que golpear tan fuerte", ha contado Zlatan , el único hijo que había tenido con su primer esposo, Sefik Ibrahimovic, el único -también- que podía hacer que esa historia fuera mundial. Por él sabemos que Jurka limpiaba casas. Por él sabemos que un día la policía entró a la suya: a ella la arrestaron por robo y a una de sus hijas por tenencia de drogas. Zlatan tenía diez años.

Sus padres se habían divorciado después de que cumplió dos. En el Malmö empezó a jugar a los ocho. Para entonces ya vivía un día y un día en cada casa, más o menos, mientras Sefik, su viejo, lo tentaba para que fuera boxeador. Sefik era bosnio, y era 1992: mientras la Guerra de los Balcanes ya había explotado y las tropas serbias invadían su ciudad natal, Bijeljina, asesinando a parientes lejanos, él encontró una sola manera para alterar la realidad, y la manera se llamaba alcohol.

Así que también en Rosengard, el barrio sueco donde vivían, Zlatan se encontraba con las sobras de una explosión: al despertarse iba al living y lo primero que veía era a su papá, rodeado por latas de cervezas, durmiendo en el suelo. Entonces lo despertaba, se ponía a juntar las latas, las ponía en una bolsa, se las llevaba a un cartonero sueco que le pagaba 50 centavos cada una. Era su momento de luz: con esa plata se compraba unos chicles que traían figuritas de futbolistas. Una luz oscurecida, porque "yo quería que me tocara la de Maradona, pero sólo aparecían jugadores suecos a los que no conocía de nada".

Cristiano Ronaldo y los dardos

A Cristiano Ronaldo le pasaba lo que a todos en la sala de juegos del Sporting Lisboa: lo desafiaban al ping pong y a veces perdía, jugaba al metegol y también, intentaba con los dardos y acertaba, le pifiaba, lo normal. Pero Cristiano Ronaldo no quería ser como todos. No quería ser normal.

La tara le agarró con los dardos. "Tenía 12 años y una cara de estreñido, el ceño fruncido y los labios apretados: le daba rabia fallar", escribió la periodista ecuatoriana Sabrina Duque, autora de Cristiano Ronaldo, el humilde, un perfil que la revista peruana Etiqueta Negra publicó en marzo de 2014. El director de la escuela se llamaba Antonio Pereira. Ronaldo todavía se ve con él. Pereira le contó a Duque que Ronaldo se había jurado no fallar más. En cada hora libre se paraba frente al tablero, agarraba un dardo. "Hasta que un día se volvió casi infalible", escribió Duque. En 2010, un comercial del Banco Espirito Santo se agarró de aquella historia: el Ronaldo consagrado tiraba un dardo y le daba al centro del tablero. Después miraba a cámara, decía: "Yo no pierdo en nada".

Dos años después, en 2012, Pereira visitó a Ronaldo en su casa de Madrid. La frase que le dijo entonces parecerá descolgada para cerrar esta historia, pero no: los dardos van mutando, nomás. "Si no tuvieras un jugador con quién competir podrías adormecerte -le dijo Pereira-. Hoy te despiertas con un objetivo. Messi es tu desafío permanente". A Ronaldo se le escapó una sonrisa de in fraganti. Recién después, el pibe que a veces fallaba a los dardos le asintió.

Lionel Messi y las monedas de los automovilistas

En su única biografía autorizada (Yo soy el Diego de la gente, editorial Planeta, año 2000) Maradona ha contado que cada vez que iba al colegio, o que Doña Tota le pedía que hiciera algún mandado, él agarraba cualquier cosa que simulara ser una pelota -una naranja, un trapo arrugado, un bollito de papel- e iba haciendo jueguitos mientras caminaba. "Así subía las escaleras del puente sobre las vías, saltando en una pata, la derecha, y llevando lo que fuera en la zurda, tac, tac, tac.", recordó en el libro. Tres décadas después, Lionel Messi también la fantaseaba así: a los nueve años, el 10 bis hacía jueguitos en los semáforos de Santa Fe.

Así mataba el tiempo (así mataba las siestas, esa especie de día dentro del día en el Interior) con sus compañeros de Newell's, que se quedaban cerca de él y después pasaban por las ventanillas de los autos para ligar una moneda. Una moneda, bocha de monedas: una vez, antes de un Mundialito de provincias que se jugó en Arteaga, a cien kilómetros de Rosario, llegaron a comprar 52 Coca-Colas con la plata que recaudó la zurda del 10. "Leo era el más caradura de todos", le contó Gerardo Grighini, lateral derecho de la categoría 87 de Newell's, al diario Perfil, que publicó esta historia en septiembre de 2012, el año en el que Messi le dio la razón a la histórica exageración argentina, cuando terminó con 91 goles, ese récord casi papal. "Señora, una monedita, por favor", contaron sus compañeros que lo han escuchado al Leo, carita de conferencia de prensa desganada, mientras se asomaba a los conductores que lo habían visto hacer tac, tac, tac.

Neymar: volver a nacer

Neymar da Silva Santos jugaba de wing. Hay un solo video de él que puede encontrarse fácil en YouTube y es del mismo año que esta historia: 1992. Neymar usa la 7 del Mogi das Cruzes, un club del estado de San Pablo que tiene el mismo nombre que la ciudad, y encara tres veces a su marcador. En la primera le hacen foul. En la segunda simula que le hacen foul. En la tercera ya no se sabe qué sucede, aunque hay una certeza que se repite: Neymar tampoco puede pasar.

El 5 de febrero de aquel 1992 el wing de Mogi das Cruzes tuvo su primer hijo con Nadine, su mujer. Lo llamaron como se llama él -Neymar da Silva Santos- y al final del nombre le sellaron, hasta entonces, su única distinción: "Junior". Cuatro meses después de dar a la luz, la familia aprovechó un fin de semana libre del jugador y viajó a Santos, a cien kilómetros de donde vivían, para que los abuelos paternos y maternos conocieran al bebé. "Era una ruta que conocían bien. Había que atravesar un puerto y la carretera era de un solo carril en cada sentido -escriben Guillermo García Uzquiano y Aritz Gabilondo en el libro Sueños de gol, el origen de las estrellas (editorial Aguilar)-. Pero aquel día llovía, y eso complicaba la visibilidad".

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El desenlace, a esta altura, es obvio: un auto se cruzó de carril y se les vino de frente. Neymar Senior pegó el volantazo y su auto volcó. Volcó, y más aún: quedó al borde del precipicio que costeaba la ruta. Neymar y Nadine jamás perdieron la conciencia, y lo primero que hicieron apenas frenó el auto fue mirar hacia atrás. La sillita del bebé ya no estaba ahí. "Nadine tuvo una crisis de nervios -escriben Gabilondo y García Uzquiano-. Presa del pánico, abrió la puerta. Pero no podía bajar: caería directamente al vacío". El tiempo fue eterno hasta que un llanto los despabiló: Neymar Junior estaba debajo de sus asientos. Tenía la carita llena de sangre.

Neymar Senior se fracturó la cadera. Después de ocho meses de recuperación quiso volver a jugar al fútbol pero finalmente se retiró. Entonces fue mecánico, fue albañil, arregló paradas de colectivos, estacionó autos, fue -es- el papá de una empresa que ahora baja los cambios de frentes de Dani Alves con un taco, mientras el Camp Nou se obnubila y susurra como una actriz venezolana "ohhh.".

Carlos Tevez, la noche de Piola Vago

La historia podría detenerse en una escena, una sola imagen, y ya estaría bien. Son las tres y media de la mañana de lo que llamaríamos sábado aunque ya sea domingo, estás manejando en la ruta y acabás de frenar. Varado en la banquina, con las puertas abiertas y cinco pibes caminando cerca de la llanta que se les reventó, ahí está, ahí ves, el auto que fuiste a auxiliar: un hermoso Citroën C4 del que ahora emana una cumbia mortal. Los pibes son del grupo Piola Vago, iban a tocar en el club en el que trabajás, Defensores de Salto, al norte de la Provincia de Buenos Aires, hasta que una goma, esa goma, los frenó. Y acá viene la imagen que podría abolir todo lo demás: vos creés que los pibes son cinco pero en realidad son seis, algo que recién sabés cuando éste baja, lentamente, del lado del conductor. Tiene una remera ancha, un pantalón pescador. Borroneado por la noche, Carlos Tevez camina hacia vos.

Y aunque eso ya sea suficiente, la historia que la periodista Sonia Budassi contó en Apache, En busca de Carlos Tevez, un libro que la editorial Tamarisco publicó en 2010, continúa; después de que los pibes te muestran que en el baúl no hay rueda de auxilio ni gato sino un equipo de música que tiene más luces que tu club, vos encarás al delantero que como se había lesionado un tobillo en el Manchester United había elegido estar ahí.

"-Vamos a tener que ir a una gomería. Mi rueda de auxilio no sirve para este coche.

"-No, no, llevame al baile, no te hagas problema, lo dejamos acá, le ponemos las balizas y listo -dijo Tevez.

"-¿Vos tenés idea lo que es dejar un C4 acá? Cuando vuelvas no vas a tener nada.

"-No, pero la gente está esperando. Dale, lo dejamos con balizas".

Nueve días atrás, Cristiano Ronaldo lo asistía para que metiera el 1-0 ante el Birmingham. Ahora, Carlos Tevez espera que el gomero de Carmen de Areco, la localidad que más cerca les quedaba, le abra la puerta a las cuatro de la mañana.

"El chabón nos abrió porque le dije que estaba con Tevez, que si no, acá a esta hora no te da bola nadie", le contarás, dos años después, a la periodista. Y le contarás también que el chabón les arregló la goma, que les dijo cuánto salía, le contarás que Tevez se puso las manos en los bolsillos, te miró, te dijo: "No tengo plata". Que te dijo, también: "Es que salí así de raje así nomás, no pensaba que iba a venir yo". Y entonces le contarás, no te quedará otra, que vos también lo miraste, que le dijiste "yo te presto, todo bien", y le pagaste al gomero.

A. P