“Si tiendes tu cama en la mañana habrás completado tu primera tarea del día. Esto te dará una pequeña sensación de orgullo y te motivará a realizar otra. Al final del día esta tarea completada se habrá convertido en muchas tareas completadas”.

Esta idea, sencilla y poderosa, es uno de los ejemplos clásicos en cualquier libro sobre cambio de hábitos. Al igual que el ejercicio y dormir suficiente, tender la cama es considerado un hábito “clave” pues tiene un efecto en cadena de resultados o conductas positivas en otras áreas. Tender la cama representa ganar una “pequeña batalla” que pone a nuestro cerebro en modo éxito y genera la motivación para seguir y lograr más.

En su libro “El poder de los hábitos”, Charles Duhigg relata los resultados de estudios que muestran que las personas que hacen su cama en la mañana son más productivas, más felices y más capaces para adherirse a un presupuesto. Tender la cama en la mañana aumenta nuestras posibilidades de tomar mejores decisiones durante el resto del día y eleva nuestra sensación de control.

“Tender la cama también refuerza que las cosas pequeñas importan. Si no puedes hacer bien las cosas pequeñas, nunca podrás hacer bien las cosas grandes”.

Escuchar esta frase me hizo recordar los días en que mis hijas tuvieron la misión de aprender a lavar los platos. Durante las primeras sesiones en la cocina hubo de todo: lloriqueos -no era justo tener que hacerlo-, gritos de frustración porque los platos tenían mostaza, todo tipo de gemidos y hasta un total desmoronamiento a causa de pan aguado en el resumidero. No había nada peor en el mundo que un pedazo de brócoli atorado en un tenedor.

Durante una de esas escenas recuerdo claramente haber pensado que si una fresa machacada era suficiente para perturbar a una niña, no quería ni imaginar lo que podría hacerle la vida con sus retos. Entendí que si no dejamos a nuestros hijos frustrarse con lo pequeño y solucionarlo no podemos esperar que resuelvan lo grande.

Y ya que estamos en el tema de hijos y labores domésticas… Es esas actividades poco sofisticadas y aparentemente triviales hay un montón de enseñanzas. Desafortunadamente y con la mejor de las intenciones, seguido le negamos a nuestros hijos la oportunidad de aprender, desarrollar habilidades y hacerse de recursos para la vida.

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Limitamos su exposición a situaciones donde cumplir la meta significa tener que hacer las cosas mal muchas veces antes de hacerlas bien, a tareas que obligan a ejercitar el músculo de la resiliencia, la paciencia, la gratitud y la generosidad –características que se relacionan con la felicidad-.

Exentándolos de los quehaceres les alejamos de ocasiones donde es posible experimentar esa sensación que viene luego de contribuir, completar un objetivo, reconocerse útiles y capaces. Se quedan al margen de escenarios donde crece la responsabilidad y el sentido de compromiso.

Y no es como que el tiempo que ahorran brincándose los deberes de la casa lo invierten en algo que valga la pena… lo dedican a ver televisión o a naufragar en el teléfono.

Volviendo a los pequeños detalles, a la conquista de pequeñas batallas y a los platos de la cocina… Me acuerdo también que mis hijas invariablemente preguntaban: ¿Cómo voy a terminar con todo esto? y yo siempre respondía: “lavando un plato a la vez”.

Y ahora que lo pienso, así funciona la vida también… una conquista de pequeñas victorias a la vez. Adelgazamos un kilo a la vez, tejemos un suéter una puntada a la vez, armamos un rompecabezas acomodando una pieza a la vez, corremos un maratón un paso a la vez, aprendemos un intento a la vez, avanzamos, olvidamos, sanamos y soltamos un día a la vez, ¿no?

Y todo esto se hace más fácil tendiendo la cama un día a la vez.